Homilía – Última Eucaristía de la AG 2016

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Después de un largo e intenso camino tanto a nivel personal como comunitario, provincial e internacional que nos condujo a la 42ª Asamblea General de la Congregación de la Misión, los delegados de todas las Provincias de la Congregación, estuvimos reunidos en la Universidad de DePaul, en Chicago, desde el 27 de junio hasta el 15 de julio. Estuvimos compartiendo, discutiendo y profun dizando los documentos elaborados previamente por la Comisión Preparatoria. Estos sirvieron para elaborar el documento final de nuestra Asamblea General, que nos señalará, a todos los miembros de la Congregación, el camino a seguir en los próximos seis años.
Quiero dar gracias al Espíritu de Dios, al Espíritu de Jesús, al Espíritu Santo por acompañarnos e iluminarnos a lo largo de nuestra Asamblea.
Gracias a la presencia misericordiosa de Dios pudimos llevarla a cabo. Esta 42ª Asamblea General desde sus comienzos hasta su clausura, ofreció signos concretos de esperanza, de fe, de amor y de celo apostólico además de motivarnos a ser testigos proféticos con palabras y obras a la luz de la celebración de los 400 años del Carisma Vicentino. Todo esto animado por nuestro lema: “400 años de Fidelidad al Carisma y Nueva Evangelización”.
Llevaremos a nuestras Provincias, Vice-Provincias, regiones, comunidades locales y a cada cohermano, líneas de acción y compromisos concretos para realizarlos en los próximos seis años y más allá.
En diferentes momentos y de diferentes formas, en esta Asamblea, escuchamos la sed de profundizar sobre nuestra vocación propia con el fin de responder al profetismo que la Providencia ha puesto delante de nosotros.
Permítanme nombrar dos fuentes de nuestra Espiritualidad que sintetizan nuestro ser de vicentinos: las Reglas Comunes y las Constituciones y Estatutos.
Hay dos capítulos que me gustaría invitarles a leer a la luz de lo que hemos compartido durante la Asamblea: Se trata del capítulo décimo de nuestras Reglas Comunes que habla de las prácticas espirituales utilizadas en la Congregación y del capítulo cuarto de nuestras Constituciones que habla sobre la “Oración”.
Es este el fundamento, la fuente, que hará que nuestros compromisos, que nuestras líneas de acción expresadas en el documento final, sean finalmente una realidad que perdure.
San Vicente de Paúl, según las Reglas Comunes en los capítulos duodécimo y decimocuarto, nos urge a que estas Reglas se arraiguen en nuestras mentes y en nuestros corazones, que las tengamos siempre con nosotros y que las leamos cada tres meses. Esta es mi invitación y mi más profundo deseo: que cada uno de nosotros, cada cohermano de la Congregación de la Misión, lea de forma regular, cada día, un artículo o un apartado de las Constituciones y de las Reglas Comunes.
También hay tres libros, tres santos libros, que les invito a portar por doquier, que nos acompañen donde quiera que estemos: en casa, en un viaje, en vacaciones. Ellos son: la Biblia, el Breviario y las Reglas Comunes y Constituciones.
Al embarcarnos en este peregrinar de seis años, como miembros de la “Pequeña Compañía”, como solía llamarla San Vicente, quisiera que comenzáramos este camino en la capilla de la Apariciones de la Rue du Bac, Casa Madre de la Hijas de la Caridad, y en la Capilla de San Vicente de Paúl en la Rue de Sevres, en París, con el fin de pedirle a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa y a San Vicente su intercesión por la Pequeña Compañía y por toda la Familia Vicentina en el mundo.
Antes de mi viaje a Roma, quiero a nombre de todos los miembros de la Congregación de la Misión, hacer un peregrinaje a estos dos lugares y celebrar la Eucaristía en la Capilla de San Vicente de Paúl el domingo 14 de Agosto y en la Capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa al día siguiente, el lunes 15 de Agosto.
Pondré todos nuestros sueños, esperanzas y deseos en las manos de nuestra Madre Celestial y de nuestro fundador para que con la ayuda de la Divina Providencia podamos entender y seguir el plan de Jesús para todos nosotros en este peregrinar en el que nos hemos embarcado.
Continuemos soñando, pero soñando juntos.
Si uno sueña solo, el sueño sigue siendo un sueño; si soñamos juntos, el sueño se convierte en realidad.